La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como unas palabras bondadosas"Sigmund Freud, creador del psicoanálisis


Hace unos días me encontré con un antiguo alumno. Uno de esos chicos encantadores que, a pesar de los años transcurridos, se sigue parando a saludar por la calle.
Me contó que, tras haber finalizado su carrera con un brillante expediente, había trabajado en varios sitios y que se había sentido en ocasiones minusvalorado y hasta utilizado. Ahora, sin embargo, estaba contento. Llevaba un año trabajando en una empresa fuera de su ciudad, con horario partido (de 9 de la mañana a 7 de la tarde) y sueldo no muy alto, en la que se quedaba a comer al mediodía con otros compañeros. Con alguno de ellos había entablado buenas relaciones y compartían piso, fines de semana, lecturas, encuentros extralaborales, salidas nocturnas... “No es un gran trabajo” - decía sonriendo – “pero intento aprovechar al máximo el tiempo y ver lo positivo de mi situación”.
Se sentía contento con su suerte y parte de su alegría se quedó en mí al despedirnos.
A los pocos días el encuentro fue con una antigua compañera. Tiene plaza fija con destino definitivo en un centro -si no envidiable- sí bastante bueno, horario de lujo, sobresueldo y un piso recién estrenado en el centro de la ciudad. Durante los minutos en los que hablamos no dejó de quejarse de la crisis, la ineptitud de los políticos, la subida de impuestos, el mal rollo entre compañeros, la imposibilidad de aparcar sin pagar
Cuando se fue me sentí realmente aliviada. La vi alejarse envuelta en una nube de malos y negros presagios.
Moraleja: La energía positiva se transmite. La mala también. Y ni una ni otra tiene que ver con las circunstancias objetivas.
La escribana del Reino
M.E.Valbuena
Revista avivir (Nº 245)
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