La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como unas palabras bondadosas"Sigmund Freud, creador del psicoanálisis


Te escribo, ahora que estás lejos y lograste espantar los fantasmas de tu alma, para darte las gracias. Cuando el dolor te engullía por dentro y te encontrabas en un tunel negro y sin horizonte, yo decidí estar a tu lado. Fue una decisión personal, querida, deseada, en algunos momentos, también dolorosa. Nadie me forzó a ser voluntaria.
Quise estar contigo porque sabía que la vida te había golpeado con fuerza y que no veías sentido a seguir viviendo.
Recuerdo aquellos ratos jugando a la brisca o aquellas tardes largas y oscuras repasando las fotografías de tu álbum familiar.
Junto a ti te escuché gritar hasta cien veces su nombre, su amor ahora lejano e invisible. Te vi maldecir tu mala suerte y tantas cosas sin vivir que os quedaron a los dos. Te escuché que las noches se te hacían insoportables y que no veías otra salida que...., y que tenías frío, mucho frío.
Aprendí de ti. Aprendí que el dolor que no se saca hace daño. Que el duelo que no se elabora nos queda y nos diseca en el instante en que dijimos adiós sin querer decir adiós. Aprendí a hablar con los que se fueron a no sé dónde. Aprendí a ser humana, inmensamente humana. Por eso, yo que elegí ser voluntaria te doy las gracias. ¡CUANTO ME HAS DADO!.
Cómo me gustaba ir contigo a la habitación que daba a la calle para que escuchases el bullicio de la gente y vieras con tus ojos que fuera había luz, luz..., una luz que te estaba esperando a ti.
Tu dolor, amiga, me ha hecho bien a mi. GRACIAS.
Revista avivir (Nº 245)
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