La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como unas palabras bondadosas"Sigmund Freud, creador del psicoanálisis


Viajar es estupendo.
Nos aporta nuevos conocimientos. Nos obliga a salir de nosotros mismos y a relacionarnos o simplemente hacernos entender por otros. Nos libera del estrés de lo cotidiano y nos relaja, alejándonos de horarios y compromisos laborales. O nos sube la adrenalina, según se den las cosas, y nos sentimos especialmente pletóricos y optimistas, capaces de alcanzar los más altos retos.
En cualquier caso revuelve nuestra existencia y desestabiliza nuestras seguridades internas siempre tan recurrentes.
Si al viaje, ya por sí solo provocador de efectos, se añaden una buena compañía, un clima estupendo, unas buenas vibraciones de los nuevos lugares descubiertos y una ausencia de conflictos, dichos efectos son más que especiales. Casi podríamos calificarlos de alucinógenos (por aquello de flipar).
Y claro, ya se sabe lo que ocurre tras vivir con tal intensidad: que luego la realidad de nuestros días se nos hace cuesta arriba, anodina, sin brillo. Seguimos con la cabeza y el sentimiento allí y con nuestro cuerpo, desmadejado, aquí. Y así no se puede.
Lo importante y efectivo de los viajes, buenos y malos, -para que no sean puro escapismo- es integrarlos en nuestra vida. Analizar las enseñanzas que nos ofrecieron, agradecerlas e incorporarlas a nuestro presente y a nuestro futuro.
Y seguir.
M.E.Valbuena
Revista avivir (Nº 245)
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