La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como unas palabras bondadosas"Sigmund Freud, creador del psicoanálisis


Tengo un jardín. Es pequeño. Nunca será envidiable, puesto que hay miles mejores que él. Pero para mí es único, como única era la rosa para el Principito.
En él habitan una parra, una hortensia, tres rosales de pitiminí de vivos colores, cuatro variedades de geranios de frondosa exhuberancia, hierbabuena, salvia y albahaca, fresas, una mata de lavanda de embriagador olor, dos rosales comunes, claveles chinos, una planta de aloe vera y dos lagartijas que se persiguen bajo el sol.
Además, el césped conserva las huellas imborrables de gente querida que estuvo a mi lado y ya no está. Sus paredes me devuelven los ecos de conversaciones a la luz de la luna, retazos de comidas y cenas compartidas, momentos únicos de cine de verano y encuentros enriquecedores. Y en el aire aún se perciben los olores de gratas compañías y los susurros de mágicas confidencias.
Mi jardín, pequeño y coqueto, me da silencio, encuentros, agradable olor y visión, sosiego, refugio, colorido, ecos... y un resquicio por el que se cuela lo nuevo.
Pero lo que más me gusta de mi jardín es su capacidad de crecer, porque cada día se hace más grande acogiendo y ofreciéndose como es a todo aquel que entra en él.
La escribana del Reino
M.E
Revista avivir (Nº 245)
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