La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como unas palabras bondadosas"Sigmund Freud, creador del psicoanálisis


A veces en nuestra vida no nos queda otra que esperar. Esperar el resultado de unos exámenes, de una oposición, de una prueba médica, de un control rutinario, de una auditoría, de una sentencia, de la evolución de una enfermedad...
El tiempo de espera no nos lo va a quitar nadie, y como espera que es, atenaza el equilibrio anímico, mina la esperanza y nos vuelve vulnerables e indefensos, a veces hasta irascibles.
Podemos vivir ese tiempo inevitable desde la rabia, la ignorancia, la contención y la rebeldía. Podemos abordarlo desde la pena y las lágrimas, el desánimo y la pasividad. Y también –eso sería lo deseable- desde la aceptación y la apertura.
Pero llegar a esto último no es fácil. Nos pueden los apegos, los miedos y el temor al cambio (o al no cambio). Nos invade la desesperanza y nos fallan las fuerzas. No llegamos a comprender que asumir lo evidente es la mejor forma de afrontar la desgracia o la ansiedad. Dejarse fluir sin resistencia es inteligente y eficaz, aun sin entender, pero difícil, muy difícil.
Tal vez ayude el cambiar en nuestra mente el recurrible “por qué a mí”, por el “cómo vivir este presente”, sin intentar controlar lo incontrolable.
Tal vez si tomamos el tiempo de espera como un camino de tránsito a lo inesperado logremos desangustiarnos y considerar el momento presente como lo único valioso y real que tenemos, no como un mientras tanto.
Digo, sólo, tal vez.
La escribana del Reino
M.E.Valbuena
Revista avivir (Nº 245)
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