Una vez me vi inmersa en un gran aguacero. Llovía intensamente y yo estaba en un descampado, lejos de cualquier rincón donde resguardarme. Corría nerviosa en busca de cobijo, pisando barro y medio cegada por el chaparrón y las salpicaduras de los coches al pasar, hasta que me dije: “sólo es agua”.
A partir de ahí, mi aturdimiento cesó y me tranquilicé, a pesar de que las circunstancias externas no habían cambiado. ¿Qué me iba a hacer el agua? Mojarme simplemente ¿Por qué resistirme? ¿Por qué no aceptarla estoicamente? ¿Por qué seguir corriendo y maldiciendo si ello no iba a impedir que me empapara? Al fin y al cabo, antes o después llegaría a casa y podría cambiarme y calentarme.
Pues eso es lo que pasa muchas veces con otros acontecimientos de la vida. Respondemos a ellos compulsivamente, sin pararnos a pensar, sin analizarlos ni estudiar nuestra actitud, sin dejarnos empapar. Actuamos inconscientemente, resistiendo o huyendo de ellos. Y, en realidad, cuando nos detenemos en su análisis, descubrimos que “no son para tanto”, que diría Jesús Madrid.
Conclusión: Llamar a las cosas por su nombre y mirarlas de frente es el primer paso para el cambio de actitud.
La escribana del Reino
M.E.Valbuena