Suscríbete

Cuando existe la esperanza, todos los problemas son relativos

La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como unas palabras bondadosas"

Sigmund Freud, creador del psicoanálisis

Comunicación / Noticias

esquina cuadroesquina cuadro

Jesús Madrid: "No se puede ser feliz sin compartir"

Foto de Jesús Madrid: "No se puede ser feliz sin compartir"

El número de noviembre de la revista "CuerpoMente" incluye una entrevista a Jesús Madrid, presidente de la Asociación Internacional del Teléfono de la Esperanza, realizada por Yvette Moya-Angeler, la redactora-jefe de dicha publicación.

 

 

Con el permiso del medio y de la periodista que realizó este trabajo, os dejamos aquí la entrevista que, además, podéis descargaros en formato pdf.

 

 

 

 

"No se puede ser feliz sin compartir".

 

Jesús Madrid reflexiona sobre la ayuda.

 

Viajamos a Murcia para visitar el centro de intervención en crisis más importante de la Unión Europea. El Teléfono de la Esperanza cuenta allí con una sede de más de 3.000 m2 desde la que atiende a personas en situación de crisis y promociona la salud emocional a través de numerosos cursos, talleres y grupos de desarrollo personal. Todo ello de forma gratuita, profesional y anónima gracias a centenares de voluntarios formados y a los donativos y cuotas de sus socios, que financian la mayor parte del presupuesto (49%) junto con las subvenciones (41%).

 

Nos recibe quien es su director y preside la Asociación Internacional del Teléfono de la Esperanza, Jesús Madrid. Lleva casi 40 años dedicado a esta iniciativa pionera que inició su hermano Serafín en Sevilla y que hoy está presente en 24 provincias españolas, Portugal, Suiza, Reino Unido y once países de Latinoamérica. Podría presumir de sus logros (1.500 voluntarios en España, 8.700 donantes económicos, 131.000 llamadas anuales al servicio telefónico, 18.800 entrevistas personales en las sedes…) pero él prefiere mostrarse como un hombre cualquiera y rehúye todo protagonismo. No es muy dado a las entrevistas, nos dice.

 

Recorremos las salas, salones, habitaciones, patios y terrazas del centro. En una enorme pajarera trinan toda clase de aves. Bajo el lucernario borbotea una fuente. Y, casi llegando a su despacho, descansa en un rellano una pecera multicolor. Todo esto y un jardín frondoso deberían calmar los ánimos de quienes llegan alterados. «Concebimos el centro como un encuentro con lo vivo », explica Madrid. Nacido en un pequeño pueblo de Cuenca (Villar de la Encina, 1938), es licenciado en Psicología y en Filosofía y Letras, terapeuta familiar y sacerdote capuchino, aunque insiste en desvincular su fe del Teléfono de la Esperanza, que es aconfesional. Sus libros le han convertido en un referente en materia de ayuda a personas en crisis.

 

– ¿Cómo te definirías?

–Me considero una persona común y corriente. Me interesa mucho la gente, ayudar a los demás, y me parece que tengo capacidad organizativa. Creo que las personas llegamos a «ser» plenamente en la medida en que somos capaces de dar lo que tenemos y, al mismo tiempo, de estar abiertos a recibir de los demás. Si no somos capaces de hacer algo por los demás sin esperar nada a cambio, hay zonas de nuestro yo insatisfechas. Porque también todos los días todos estamos recibiendo mucho de otras personas, de la vida, del entorno. En gran medida, lo que somos es resultado de muchos dones recibidos: la vida, el afecto… Estamos siempre en deuda con los demás.

– ¿Eso es lo que te motivó a ayudar a la gente?

–Sí. Por otra parte también porque creo que mi fe viene a resumirse en esto: en intentar ayudar a los demás. Obras son amores y no buenas razones.

–Estar en contacto con tanto sufrimiento cotidianamente ¿no desmoraliza?

–Pues no. ¿Qué menos que ayudar a los que sufren? Hay mucho dolor oculto en el trasfondo de cada persona. Claro que no es agradable escuchar a quien sufre o llora, pero yo sé que eso le sana. Lo miro con esperanza. En vez de agotarme, me estimula, me hace pensar que hemos de seguir inventando más cosas, comenzar nuevos programas. Si la tercera parte del tiempo que perdemos hablando de lo mal que están las cosas, lo dedicáramos a poner soluciones, arreglaríamos muchos problemas.

–Entonces, ¿no se cansa?

–Yo no me canso nunca. Es una cosa muy hermosa y que nos hace sentir bien. He ido por muchos países y me he encontrado con toda clase de personas que me han contado sus razones para querer suicidarse: a veces porque no podían cubrir sus necesidades básicas pero en muchos casos porque no daban lo que tenían y eso les hacía sentirse frustradas. La inmensa mayoría de personas que piensan en el suicidio creen que su vida no tiene sentido. Y no lo tiene porque no se han abierto a los demás, no se comunican sanamente y no se dan cuenta de que hay gente que las necesita. Mientras podamos ser útiles a otros no tenemos derecho a encerrarnos en nosotros.

– ¿Muchos de nuestros problemas son imaginarios?

–Pero también generan sufrimiento. El criterio del sufrimiento no lo tengo yo, lo tiene la persona que sufre. Si para ella algo tiene importancia, no le diré que eso es una tontería. A lo mejor le puedo ayudar a que lo enfoque de otra forma para que no le haga sufrir tanto. Pero mientras esa persona tiene esas ideas, le resultan muy dolorosas. Para nosotros es real lo que a alguien le hace sufrir.

 

EN LA PIEL DEL OTRO

 

– ¿Cómo cultivas la empatía con los demás?

–No es que me haga un propósito especial de cultivarla. Tengo 72 años y eso quiere decir que he vivido, he visto, he comprendido. Además, puede que haya algo de cualidad espontánea, natural, en mi capacidad de comprender a otra persona y de expresarme para que me entienda. Pero eso lo tenemos todos y se puede trabajar. Se trata de preguntarse: ¿cómo me sentiría yo si me sucedería lo que a esta persona?

– ¿Eso basta para activar la capacidad empática?

–Se puede activar de muchas maneras. La mejor es curan-do las propias heridas. Porque si no, más que escuchar a la otra persona escuchas la resonancia que sus problemas tienen en ti, oyes tus ruidos, y eso te dificulta la escucha.

–De todo lo visto y vivido, ¿qué has aprendido?

–Simplificando mucho creo que no se puede ser feliz sin compartir con los demás.

– ¿En eso vamos a peor en nuestra sociedad? ¿O es solo un tópico?

–Yo creo que mejoramos, en líneas generales. Si en el sigloXIII hubieran dispuesto de las armas atómicas que hoy tenemos, no quedaría bicho viviente en el mundo. ¿Y cómo estaban los derechos humanos en el siglo XIX? ¡Existía la esclavitud, una cosa monstruosa! ¿Y los derechos de la mujer? ¿Cuándo han estado más consideradas las personas con discapacidad? Faltan muchas cosas por hacer pero creo que el sentido de humanidad va aumentando. Hoy nos duele más el dolor ajeno.

–A veces el peligro es apenarse por lo que ocurre muy lejos y no prestar atención a lo que sucede al lado…

–Yo no sigo muy de cerca las catástrofes que salen por las noticias. Lo que hago es preguntarme: ¿puedo hacer algo? Si puedo hacerlo, me pongo a hacerlo. De lo contrario, no gasto energía con eso. Prefiero invertirla más eficazmente en una persona que necesite ser escuchada.

 

CORAZÓN CON CABEZA

 

– ¿Cuál es la clave del éxito del Teléfono de la Esperanza?

–En primer lugar, no nos inventamos los problemas: existen. Y son los de la calle, los que hacen sufrir cotidianamente. Durante el Mundial de Fútbol, se nota inmediatamente que las llamadas bajan. Y, por otra parte, nos tomamos en serio los problemas de la gente. Intentamos formar y trabajar muy seriamente. Cuando empezamos a hacer esta sede de Murcia me preguntaba: «Si hiciéramos un edificio para ganar dinero, ¿cómo lo haríamos? Porque si lo hacemos para ayudar a gente que sufre, no puede ser menos ». Es grande, hermoso.

– ¿Qué criterios seguís para seleccionar a un voluntario?

–Se le dice: «Si no eres capaz de tomarte esto del mismo modo que si cobraras, no eres apto». Nos tomamos el voluntariado en serio porque nos tomamos el sufrimiento en serio. Yo creo mucho en los sentimientos pero también en la cabeza. Querer ayudar solo con buena voluntad puede causar destrozos. Hace falta rigor en la formación.

– ¿Importan los voluntarios tanto como a las personas a las que se atiende?

– Queremos que todos salgan enriquecidos. No se trata de sentirse bueno porque se ayuda al otro. No es eso, porque quien ayuda también recibe. Se puede tener una motivación altruista pero la dinámica sana es dar y recibir, estar abierto. Todos nos podemos enriquecer en cualquier momento: de un compañero, una persona a la que atendemos… Yo la puedo ayudar en unos aspectos pero a lo mejor ella tiene algo que yo no tengo. Es fundamental venir abierto: a dar y a recibir muchas cosas que nos dan los otros.

– ¿Cubrís un hueco en la sociedad?

–Sí, porque hay una demanda. Si alguien quiere hablar de fútbol se puede meter en una peña. Pero, ¿dónde se puede hablar de los problemas normales de las personas normales?

 

ALGUIEN CON QUIEN HABLAR

 

– ¿Podría ser porque se pierden los vínculos familiares, vecinales, grupales.…?

–Antes había más contacto inmediato de unos con otros. Se salía a tomar el fresco a la puerta de la calle y la vecina estaba enterada de todo lo que pasaba, aunque también había muchos temas que uno se llevaba a la tumba. El tipo de sociedad moderna tiene muchas ventajas pero nos ha hecho más independientes. Las relaciones primarias han disminuido y se nota más la necesidad de hablar.

–También nos preocupa más nuestro bienestar.

–Una vez satisfechas las necesidades de tipo material, empezamos a sentir que necesitamos relaciones más maduras con los demás, saber quiénes somos y qué sentido tiene nuestra vida. Eso hace cien años se lo preguntaban menos. Por eso hace falta encontrar espacios para estas necesidades. Es lo que nosotros proponemos: no esperar a las crisis sino fomentar que cada vez nos sintamos mejor.

– ¿Eso se debería hacer ya desde la escuela?

–Sí. Y desde la casa, desde la familia. A los políticos se les llena la boca con la palabra prevención. Pero ¿qué porcentaje de los Presupuestos Generales se concede a promover la salud emocional? Es lamentable. Todavía no está suficientemente atendida. Pero es verdad que nunca un Estado va a poder resolver todas las necesidades de afecto, de comunicación, etc. de las personas. Por eso entre todos hemos de colaborar en crear otra cultura. A veces nos preguntan si no les quitamos trabajo a los psicólogos profesionales. ¡Qué va! ¡Se lo damos! Porque el motivo por el que no se va al psicólogo no es por ahorrar dinero, es por los prejuicios que se tienen. Aquí se desmitifica y se pierde el miedo a ir al psicólogo.

–Sin embargo, ¿el hecho de pagar puede favorecer el proceso terapéutico?

–Esa es la teoría de Freud. Yo creo que es un mecanismo de defensa de los propios profesionales. En una ocasión una persona me insistió mucho en que le cobrara. Y como no cejaba en su empeño, al final le dije: «Mire, no creo que usted tenga dinero para pagarme». Se sintió un poco ofendido y tuve que aclararle: «Usted puede tener mucho dinero para comprar lo que se le venda pero no para comprar algo que se le da gratis». Hay de todo: personas que sí se lo toman más en serio si pagan y otras para las que saber que se les ayuda desinteresadamente hace que se lo tomen con más responsabilidad. No son raras las que con el tiempo vuelven como voluntarias.

– ¿El anonimato puede ser una de las razones de que funcione tan bien el Teléfono de la Esperanza?

–Hoy quizá se le da menos importancia a la privacidad pero todavía el hecho de que no te pregunten ni el nombre contribuye a que la gente se sincere. La persona que te escucha sabrá lo que tú quieras decirle y nada más.

– ¿Buscamos ser escuchados más que orientados?

–Buscamos que alguien nos escuche pero de verdad. Que no nos juzgue ni critique ni que de entrada nos diga qué tenemos que hacer. A lo mejor eso lo pedimos al final. En un primer momento necesitamos una escucha de calidad.

 

ESCUCHA DE CALIDAD

 

– ¿Cómo definirías esa escucha de calidad?

–Es intentar conectar con la persona y ver el problema con sus ojos. Acompañarla con cordialidad, para que note la cercanía, que no la juzgas, que no te escandalizas de nada, para que vea que no hay tanta diferencia de una persona a otra, que los errores o los problemas que tiene no le hacen perder valor como persona.

– ¿Cómo se muestra ese verdadero interés?

–Fundamentalmente a través del lenguaje no verbal.

– ¿Por teléfono?

–Asintiendo, dando mensajes de que estás a la escucha: «sí…sí…», «no te esperabas esto…», «te ha dolido mucho…». A menudo al final la persona te agradece lo mucho que le ha ayudado lo que le has dicho. Y piensas: «¡Si no le he dicho nada! ». Pero sí le has dicho, porque si escuchas, si atiendes, le estás diciendo que es valiosa.

–El teléfono parece frío.

–Hace unos años me convencieron para que comprara unos aparatos de «manos libres» a los voluntarios que atendían al teléfono. Al final no los utilizaron. Porque sostener el teléfono es como tener a la persona en la mano. Y cuando te dice algo fuerte sin darte cuenta aprietas más fuerte. Es un instrumento frío, porque la persona está lejos, pero es caliente, porque oyes su respiración. Es muy difícil que en la vida ordinaria le oigas la respiración a alguien. Ha de ser una persona muy íntima que te permita acercarte mucho.

– ¿Qué porcentajes de llamadas tienen que ver con intentos de suicidio?

–Entre el 6 y el 8%. Al 90% de los depresivos severos en algún momento se le pasa por la cabeza suicidarse.

–Pero si llaman es que todavía tienen esperanza…

–Claro. En el fondo te están diciendo: «Dame razones para no tener que hacer lo que estoy pensando hacer, convénceme de que no lo haga». Muchas veces tampoco sabes si lo va a hacer o solo quiere llamar la atención. Pero en la mayoría de casos el problema es serio.

–Se suele creer que el que dice que se va a suicidar no se suicida.

–No es cierto. Todo suicida lo ha dicho. De algún modo, ha dejado pistas para que se pudiera entender lo que le pasaba por la cabeza. Lo que ocurre es que a veces no se capta el mensaje. Por eso el suicidio tiene un poder culpabilizador tan grande.

 

MOTIVOS PARA VIVIR

 

– ¿Qué es la esperanza?

–Definirla es complejo. Está íntimamente relacionada con un sentido existencial, con ver que hay unos cometidos que uno puede lograr. El problema es cuando una persona no tiene motivos para vivir. Entonces sí que es sumamente difícil activarle la esperanza. Pero me he dado cuenta de que a lo que más responde la gente en esos casos es a la posibilidad de ayudar a otros. Hay que hacerles pensar si su dolor puede ser útil. Realmente esta es una fibra muy sensible en las personas. Las recetas sobre qué cosa específica puede motivar a cada persona no están en ningún libro. Uno puede contar los casos en que la inspiración le ha funcionado pero no puede saber por qué a veces no resulta. Se trata de encontrar a qué es sensible esa persona.

–¿Cuál es el futuro del Teléfono de la Esperanza?

–Por un lado, va a llegar a más sitios y países. El año que viene celebramos el 40 aniversario, pero no queremos que nos coja una tortícolis histórica de mirar tanto para atrás. Hay nuevos retos. Estamos trabajando para tener un servicio permanente en Internet, pensando en los hispano-luso-hablantes. El futuro del Teléfono

no es el teléfono. Son Internet y las nuevas tecnologías.

–Pero en Internet no se va a oír la respiración.

–Habrá que instalarse un micrófono. Nuestra idea es llegar al mayor número de personas. Los adolescentes no nos llaman mucho ahora pero con Internet los atraeremos. La cultura va en esa dirección. Lo que hemos hecho hasta ahora es muy valioso pero hay mucha capacidad inutilizada en las personas. Y lo que no das, se pudre. Queremos potenciar que más gente pueda dar para que más gente pueda recibir.

 

Por YVETTE MOYA-ANGELER en la revista "CuerpoMente"

noticias anteriores

Ver más noticias »
esquina cuadroesquina cuadro
Acceso al área privada Logotipo de sanidad y política social Logotipo Fundación Obra
											Social - La Caixa Logotipo de Caja Madrid Diseño y desarrollo web O2W eSolutions