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Lucía Etxebarria, a propósito de la muerte de Philip Seymour Hoffman

ADICCIÓN: ¿VICIO O ENFERMEDAD? MI EXPERIENCIA CON LAS DROGAS

 

Lucía Etxebarría*

 

El domingo 2 de febrero me quedé alucinada con todos los comentarios que leí en Facebook a propósito del artículo sobre Philip Seymour Hoffman: “Un drogadicto se lo busca”, “yo no voy a sentir pena”, “por supuesto que puede elegir no hacerlo”.

 

 

Sentí mucha pena, y miedo, mucho miedo, ante semejante ignorancia y falta de compasión y empatía.

 

Es como si me dijerais: “Una anoréxica puede comer”, “una bulímica puede decidir no comer”, “una persona con ataques de ansiedad puede decidir frenarlo” o “ una persona locamente enamorada puede conseguir no coger el teléfono al tío cabrón o a la víbora aprovechada que le está tomando el pelo”.

 

En mi juventud consumí muchas drogas, muchas. Está bastante narrado en Amor, curiosidad, prozac y dudas y Beatriz y los cuerpos celestes. Creo que lo he probado todo. Jamás me enganché a nada, excepto al alcohol. Y sin embargo, a mi alrededor caían como moscas. ¿Por qué yo no me enganchaba y otros sí? No se sabe. Hay millones de teorías al respecto.

 

El 50 por ciento de las adicciones tiene una base genética importante. Las diferencias físicas del cerebro podrían explicar la predilección de algunas personas por las drogas. Un estudio realizado por científicos de la Universidad de Cambridge con ratas demostró que existían variaciones en la estructura cerebral anteriores al primer contacto con las drogas que hacían que algunas de ellas fueran más proclives al consumo de cocaína, y otras no. Los científicos ya habían detectado las diferencias cerebrales que existen en el caso de los adictos, pero no resulta fácil saber si se trata de diferencias congénitas, fruto de una diferente estructura química del cerebro, o si son cambios que han tenido lugar como consecuencia del consumo de drogas. Los investigadores de Cambridge escanearon el cerebro de las ratas y encontraron similares diferencias en “los receptores de los neurotransmisores” en ciertas parte del cerebro. Algunos de los animales tenían menos “receptores de dopamina”, las estructuras cerebrales sobre las que actúan drogas como la cocaína y la heroína para producir sus efectos.

 

La interacción de la dopamina con receptores D1 y D2, juega un papel importante en el funcionamiento del cerebro humano. Si una persona nace con anormalidades en estos receptores, esa persona será más proclive al abuso de drogas. Porque algunas drogas como la cocaína o anfetaminas son estimulantes dopaminérgicos. De ahí que cierta gente se enganche muy rápido y otra no.

 

Tener antecedentes de familiares con problemas psiquiátricos, como depresión, aumenta el riesgo, por ejemplo, aunque algunos rasgos de la personalidad también facilitan el contacto con las drogas. Todo ello, junto con una situación ambiental propensa al consumo, incrementa el riesgo de padecer problemas de adicción. Es decir, si respiras un ambiente familiar nefasto, vives en un barrio donde la droga es de fácil acceso y para colmo tienes una base genética que te predispone, el riesgo es altísimo, porque cualquier día te vas a encontrar mal, deprimido, ansioso, y alguien te va a ofrecer esa rayita/pildorita/caladita que te va a ofrecer alivio rápido. Que te quita la depresión y la ansiedad de golpe. Y vas a ir a por más, porque lo necesitas, porque estás enfermo, porque te come la angustia y la ansiedad, y porque en el momento en el que estás es lo único que puede calmarla, ya que no puedes recurrir a tus padres o familiares (con los que no te llevas bien) ni a tus amigos (que son precisamente los que te ofrecen la droga).

 

Yo viví esa situación. Vivía en un barrio con un consumo de drogas importante, en el que la droga era fácil de encontrar, en el que te la ofrecían en cada esquina, todos mis amigos consumían, y en aquel momento mis relaciones con mis padres (católicos a ultranza) eran muy complicadas (ese problema ya está solucionado, gracias). ¿Por qué yo no me enganché y sin embargo la persona que inspiró a Mónica, el personaje de Beatriz y los cuerpos celestes, acabó tal y como cuenta el libro o aún peor? ¿Tengo una familia un poco más estable? Cierto. ¿Tengo yo más inteligencia? Probablemente no. ¿Mis receptores dopaminasinérgicos eran diferentes? Casi con seguridad.

 

El caso es que “Mónica” no deseaba ser yonki, sufría enormemente por ello, y si alguien le hubiera llegado con una varita mágica y le hubiera ofrecido no tocar la heroína nunca más, habría dicho sí. Lo intentó todo y nunca, nunca, consiguió desengancharse. No está limpia del todo a día de hoy, que yo sepa. Pero las dos nos iniciamos en el consumo a la vez, en el mismo ambiente y con la misma sustancia. A ella, desde el primer día, la heroína le supuso un subidón y un placer increíbles. A mí me aburría como una pera, me dejaba dormida, sin más.

 

Pongamos un adolescente cualquiera, con problemas de relación en el colegio, con problemas de relación con sus padres, que se siente, como tantos adolescentes, feo o fea, torpe, inseguro o insegura, distinto o distinta, que sí, por supuesto, que conoce los riesgos del consumo de drogas pero, por el momento delicado en el que se encuentra, cae. ¿De verdad me decís vosotros que en el peor momento de ansiedad de vuestras vidas os lo habéis comido todo a pelo? ¿No habéis recurrido a un tranquilizante, a una copa o más de una copa, a un atracón de mousse de chocolate en la nevera? ¿Me juráis que el día que os dejó vuestra pareja, o que falleció alguien cercano, no tomasteis tranquilizantes? Pues si ese chico o chica en ese momento de angustia insuperable tiene un porro a mano, lo prueba, claro. Cualquier cosa antes que el sufrimiento. A nadie le gusta sufrir.

 

Y para colmo, los medios de comunicación banalizan muchísimo la droga. Nos dicen que Belén Esteban, después de años de poliadicción, se “recupera” en tres meses y a otra cosa mariposa, como si dejar las drogas fuera tan fácil como ponerse unas tetas nuevas. Una adicción es un problema de por vida, como una diabetes, y requiere tratamiento y seguimiento de por vida, no se soluciona yendo a una clínica. Ese es solo el primer paso.

 

Y sí, un adicto se convierte en una persona insufrible, sin valores, impredecible, mentiroso o mentirosa compulsiva. Lo mismo puede decirse de una anoréxica, o de una persona enganchada a una relación destructiva, o al juego, o al sexo. Pero a la anoréxica o al enamorado/enamorada que nos miente no les estigmatizamos tanto. En todos los casos se trata de una enfermedad mental, y la enfermedad mental no se elige.

 

La adicción es una enfermedad crónica, caracterizada por la búsqueda y el consumo compulsivo de drogas a pesar de las consecuencias nocivas para la persona adicta y para los que le rodean. Si bien es cierto que en el caso de la mayoría de personas la decisión inicial de tomar drogas es voluntaria, en poquísimo tiempo los cambios que ocurren en el cerebro de las personas adictas pueden afectar el autocontrol y obstaculizar su habilidad de resistir los impulsos intensos de consumir droga. 

 

Muchas personas no comprenden cómo o por qué algunos se vuelven adictos a las drogas. A menudo se asume de manera equivocada que los toxicómanos no tienen principios morales o suficiente voluntad y que ellos podrían dejar de consumir drogas si sólo estuvieran dispuestos a cambiar su comportamiento. En realidad, la drogadicción es una enfermedad compleja y el dejar de consumir drogas no se consigue solo a base de voluntad, con la simple intención o la firme decisión de hacerlo.

 

*Lucía Etxebarría es escritora.  Ha ganado el Premio Nadal, el Primavera, el Planeta, el Barcarola de Poesía y El Lazio. Su obra ha sido traducida a más de 20 idiomas.

 

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